Erika Irusta: La maestra de la regla

Nació en Euskal Herria. De pequeña la echaban de clase por ser “imprudente” cuando tan sólo quería saber lo que siempre ha sido “tabú”: por qué las mujeres tienen la regla, por qué el cuerpo cambia y hacia dónde nos lleva. Yo llevaba más de veinte años pensando que “eso” que sólo le pasa a las mujeres, era esperarlo cada mes, pasar esos cuatro días de la mejor manera posible y continuar los 28 días como siempre. No había pensado en lo que pasa con mi cuerpo hasta que escuché la entrevista que le hizo Ismael Llopis a la autora de Cartas desde mi cuarto propio. Colección 2012. He aquí su confesión…

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¿Cómo fue tu educación básica?

Estudié con las monjas carmelitas. Y aunque soy de una familia que no son creyentes cristianos, me formé en un centro católico. En el año 82 era la primera vez que ese colegio fue mixto. Yo entré en el 83.

¿Esta educación totalmente católica cómo fue?

Desde pequeña fui muy crítica con esta formación, recuerdo que me echaron de clase por mis comentarios. Con 8 ó 9 años de edad me daba curiosidad toda la cuestión referente a la genética y recuerdo que cuando nos explicaron la teoría de los guisantes de Mendel me fascinaba, pero de pronto pasaban a otro tema con el origen de la creación de Adán y Eva. En clase de Religión les preguntaba a las profesoras: ¿Y los negros de donde salen? ¿Pero si son hermanos no es incesto? Y me sacaban de clase. Desde ese momento, toda mi vida ha sido así.

Con esta mente curiosa, ¿qué decidiste estudiar en la edad universitaria?

Estudié dos años de empresariales, pues como buena vasca o estudias empresariales o ingeniería. Cambié a Pedagogía y conseguí trabajo en una empresa en el departamento de formación. Pero cuando llevaba un tiempo en el trabajo cuando me puso literalmente enferma. Estuve durante ocho meses encerrada en casa. En el trabajo me dieron la baja y luego me despidieron. Me hicieron un favor. Fue en ese tiempo cuando profundice sobre el tema de la mujer.

¿Empezaste a investigar encerrada en casa?

Me pasé la infancia leyendo, desde pequeña, los libros son los que me han salvado de cierta manera.

¿Como leías, por internet?

Sí, leía mucho por internet, o bien, mi pareja me traía libros. Así me mantuve ocho meses, con lectura, comiendo higos secos y un poco majara.

Como un personaje de Paul Auster…

Un poco, sí, el libro que más recuerdo y que más me influyo en esa época fue Cuerpo de mujer sabiduría de mujer, de Christiane Northrup quien como ginecóloga tiene una visión como más holística, ve el cuerpo como algo entero.

¿Holístico?

Holístico es ver el todo. En occidente estamos acostumbrados a la especialidad. Christiane Northrup, como científica, combina lo que es una tradición más oriental con la parte occidental. Ahí leí la palabra doula –mujer que acompaña a otra en las etapas de la maternidad– y la flipé en colores. Recuerdo que de pequeña quería ser comadrona. Tenía la paranoia de poder estar cerca de la mujer cuando pariera, pues cuando yo nací, mi madre tenía 20 años y le tuvieron que hacer una cesárea. En la intervención le dejaron un trozo de placenta y después se quedó sin útero.

Siempre he tenido una curiosidad brutal con la cuestión femenina, el embarazo, la menstruación. Mi madre no tenía ese concepto. También iba a casa de mis tías y veía compresas, en mi casa no había. No veía que mi madre tuviera la regla. Tampoco la vi embarazada.

¿No tienes hermanos?

No, con la primera rompió el molde.

¿Cómo te recuperaste?

En internet entré a una página de formación de doula. Casualmente estaba al lado de mi casa. Además de que poco a poco me iba recuperando, ya salía a la calle, tenía más fuerzas. Comencé a estudiar.

Me encontré ahí con 70 mujeres, que eran igual de frikis que yo. Me di cuenta que el concepto que yo tenía de ser mujer era malo, yo odiaba a las mujeres, me parecían muy complicadas de entender, me parecían cursis, me parecían idiotas. No tenía buena relación con ellas.

¿Eras la típica chica que sólo tiene amigos hombres?

En efecto, claro. La típica chica que sólo tiene colegas.

¿Entonces encuentras a estas mujeres que no te parecen tan “complicadas”?

Sí, la edad media eran unos 35 años de, entonces yo tenía 24, muchas o más bien casi todas, eran madres. Me encontré con la cuestión de la maternidad que era como la que mi madre me había contado pero no como la que yo hubiese vivido. Porque mi madre siempre ha sido una mujer como muy masculina, nunca ha sido la típica mamá femenina que te dice: ¡Ay cariño que bien te queda ese vestidito! No, ese era mi padre. Yo vengo de un hombre muy femenino y una mujer muy masculina.

Cuando llegué al curso vi diferente tipos de feminidad. Mujeres cuestionándose su feminidad. Mujeres hablando de violencia obstétrica llamando violencia a lo que mi madre vivió, no algo que te tienes que tragar. Me di cuenta de cómo mi madre quizás tuvo que hacer ese proceso de asumir algo que no era justo. Eran un montón de mujeres que estaban luchando por una causa que se asemejaba a la mía desde el papel de mujer e hija.

A partir de ahí empecé a trabajar con mujeres desde una visión y práctica feminista pero sin una teoría feminista de fondo.

Eres joven, y entonces eras más joven todavía, ¿estabas interesada en ser madre?

Pues sí, siempre había querido ser madre hasta ahora, que no quiero ser madre. Con 25 años me quedé embarazada y perdí el bebé a los cinco semanas, fue un embarazo muy buscado. Después del aborto, todos los meses quería que no me bajase la regla, estaba de ella harta. Era una evidencia de lo que no vas a tener. Después de ello, no podía volverme a quedar embarazada, fue un proceso duro, pero necesario, porque gracias a esa pérdida llegué al feminismo. Llegué a crear el camino rubí.

Para una sociedad como en la que vivimos hoy día, lo que hubiera sido más apropiado para una persona de tu edad era buscar una salida profesional, una estabilidad económica, lo que se llama “tener carrera”. Tú vienes de una universidad con una cultura especialmente competitiva. Sin embargo tú querías esto: quedarte embarazada. Esto choca mucho. Querías quedarte embarazada y tu carrera profesional había sido diminuta.

Esto tiene origen en que me di cuenta de que llevaba toda una vida, salvo el tiempo que estudié Pedagogía, en base a lo que querían mis padres. Cuando enfermé me dí cuenta que la ansiedad agorafobia tenía que ver con interpretar un papel de quien no era. Si seguía cumpliendo el papel que me mandaban y seguía haciendo esa carrera profesional maravillosa –porque salí de la universidad con el premio de Deusto– llegaría un día que me iba a derrumbar. Yo no me veía trabajando en una caja de ahorros. Siempre he pensado que mi vida era muy valiosa y tenía dignidad.

La ansiedad es fruto de un conflicto…

Y era una decisión, o seguía por ese camino o hacía lo que realmente quería. Si me pego la ostia no importaba, pero no iba a soportar morirme sin probarlo.

Entonces encontraste un camino nuevo, pero inmediatamente te pones con el tema de querer ser madre.

Lo que vi en esas mujeres del primer taller es que podían compaginar la maternidad y la profesionalidad. El trabajo de ser doula, a veces lo pienso así,  es como el de una trabajadora sexual: se nos paga por  el afecto y se nos paga por acompañar. Además de por estar en un momento muy sexual y muy íntimo.

¿Tienes que haber pasado la experiencia de ser madre para poder ser una doula?

Sí, no ser madre me creaba mucho conflicto. Siempre he sido muy respetuosa como pedagoga y como doula, nunca puedes ser la que más sabe de todo.

¿Cuándo fue que te acercaste a los movimientos feministas? ¿cuándo te consideras una pedagoga feminista?

En cuestiones teóricas me acerqué hace poco tiempo, unos cuatro años más o menos. Al feminismo práctico fue a los veinte años, ahora te das cuenta de que todo lo que hacías ya estaba inventado. Pero la arrogancia de los veinte te provoca pensar que tú has inventado la rueda.

Con una formación teórica más solida monté los primeros cursos con una socia, quien es comadrona, ha atendido partos en casa y ha estudiado en la escuela de enfermería, ahora tiene 60 años. Tiene mucha experiencia y formamos un espacio. En uno de los partos que acompañé me di cuenta que el problema de muchas mujeres es que para prepararse para el parto se leen muchos manuales, hacen cursos, van a yoga y cuando acabas en el hospital se va todo eso, es verdaderamente frustrante. Primero, porque parir es como el tema sexual, no es estudiado; y segundo, porque las mujeres no tienen el conocimiento previo de su cuerpo ni de su ciclo menstrual antes de estar embarazadas.

Aún teniendo todas las condiciones de su parte existe este tema de no conocerse y no fijarse en su útero hasta que se embarazan. ¿La regla? ¿para qué sirve?, nadie se lo pregunta, como tampoco ¿cuál es la relación con su cuerpo? Fue como un click, y dije: me tengo que dedicar a eso pues yo no soy madre, pero conozco lo anterior. Pensé en hacer talleres para adolescentes.

Seguramente dependiendo de la edad, ¿las mujeres están más receptivas?

Mis primeros talleres fueron enfocados a adolescentes. Y no cuajaban. Se interesaban sus madres pero no ellas. No querían tocar el tema de la regla. A mi primer taller en Sant Andreu, en Barcelona no fue nadie. Pero tuve la suerte de que estaba Amrita Hobbs, de Australia y nos vimos un par de horas, ella fue la que me aconsejó que primero tenía que empezar con las madres, pues las adolescentes no van a hablar de la regla si no generas un espacio donde ellas no se vean violentadas. También me recomendó no dirigirme a las niñas de 17 años, sino a las de 10 años.

Me di cuenta de que para llegar a las adolescentes primero tenía que procurar que sus madres tuvieran conciencia de si mismas, de cómo se relacionaba ella con su cuerpo y con su regla. Así las madres lo podrían transmitir a sus hijas: aunque las madres tengan el conocimiento intelectual de su cuerpo en el fondo no estaban cómodas con su regla. Las madres dicen unas cosas pero luego hacen lo contrario.

Mi primer taller fue: “Taller de autoconocimiento del ciclo menstrual” para las adultas. Con ellas me di cuenta de que ellas aprendieron todo lo que saben de su cuerpo a través de sus madres. Hice la segunda parte del taller: “Mi madre y yo.  Encontrando nuestro sitio” un espacio para cuestionar cómo hemos aprendido de nuestra madre a ser mujeres. Se tocaban temas como el matricidio en el patriarcado. Un tema que se ha construido que va en torno a que nos transmiten que la madre no sirve, que es estúpida y de como las mujeres tenemos una relación con nuestra madre muy complicada.

Una cosa es ser discreta y otra es negarlo… ¿cuál es el problema?

Cada mujer tiene sus propios problemas. Además, te duele. Te incapacita. No eres tan fuerte y tan genial como deberías ser y tampoco eres tan humilde y tan pura. Hay un mal trasfondo cristiano frente al tabú menstrual. Pero el dolor no es normal. Es un tema cultural muy potente y tiene patrones que se mantienen desde los 14 hasta los 40 años.

¿Entonces en la ESO no hay educación sexual alguna?

La menstruación se enseña como una cosa aséptica, como los vídeos americanos. Es algo que sucede y cuando pasa es que te puedes quedar embarazada. Te suelen enseñar que es un cambio y que hay que tener cuidado porque activa el deseo sexual, eres entonces una bomba a explotar. Sólo te enseñan a cómo ponerte el condón y de métodos anticonceptivos, pero nada más.

Te consideran sexualmente madura…

Sí, porque has ovulado y porque has sangrado.

Y también porque estás físicamente preparada para concebir…

Sí pero la adolescencia va más allá, es una época donde parece que tu cuerpo va por un sitio y tú vas por otro, tiene vida propia. No sabes qué hacer con ello. Tienes que empezar a moverte de una manera muy diferente ya que nadie te ha explicado por qué pasa eso. Nadie te ha enseñado que es un proceso, que no es dañino.

La cultura tradicional tiene este aspecto irracional. 

Sí, no se fijan y ni siquiera saben que además hay cambios brutales tanto neuronales, como hormonales. Mentalmente y emocionalmente también cambias. Te das cuenta de que viven más personas dentro de ti. De ahí parte mi teoría de las cuatro mujeres. Depende de las fases del ciclo menstrual, que son cuatro: Preovulatoria, antes de que ovules; ovulatoria, cuando ovulas; premenstrual, después de ovular y antes de la menstruación; y el menstrual, cuando tienes la menstruación. Cada de una de esas fases la gobiernan diferentes hormonas sexuales, que bañan a las células neuronales, por lo cual tu cuerpo no sólo es otro físicamente, sino también tu mente es otra y tu estado anímico es otro. Esto no se enseña.

¿Los talleres los planificas en función a estas fases?

No, sería una locura. Generalmente suelen coincidir, a mitad del taller, con el diagrama lunar, por ejemplo si son 20 mujeres, 10 están en la fase premenstrual y 10 en el ovulatorio. Es curioso.

¿Crees que si las parejas conocieran las fases de sus mujeres les iría mejor?

Sí, pero hay que tener cuidado. No es de sabias que los hombres lo sepan. Es importante que cada mujer lo aprehenda por sí misma y ella lo pueda explicar. He vivido en mi propia carne que es mejor que tu pareja lo sepa a través de ti. Por ejemplo, que hay momentos que estás mucho más perceptiva para que te cuenten algo. Cuando más auténtica eres es cuando estás en la fase premenstrual, pero también es la que está más rabiosa y la que dice las cosas con franqueza.

¿Y también la menos social?

Sí y la menos aceptada socialmente pues es…

¿Una histérica?

Sí, y es la arpía, es la puta, etc. Esa parte que no se quiere ver.

En momentos de crisis, uno necesita mujeres premenstruales, porque reivindican y luchan además de que es una fase muy creativa, a la vez que muy destructiva pero porque se tiene que crear. Además cada una tiene una lívido muy diferente dependiendo de las fases.

¿Dónde impartes tus talleres?

Por toda España y los dirijo a mujeres desde los 20 a los 60 años. Son organizados desde asociaciones de mujeres, centros de terapias y también muchas asistentes vienen por libre con sus amigas. Tengo una recepción muy alternativa en este aspecto.

¿Eres la única mujer haciendo esto?

Con el enfoque que yo doy sí, pero hay más, que yo conozca y que tenga relación con ellas somos: Sophia Style, mujer que fue la primera que yo conocí y que  se basa en el trabajo de Miranda Gray autora de La luna roja, es inglesa, pero vive en Girona. También Anna Salvia quien escribió el libro Viaje al ciclo menstrual  de Barcelona, pero también vive en Girona.

¿Cómo son sus enfoques?

Sofía, por ejemplo, es antropóloga y se dirige desde lo que las americanas conocen como feminismo espiritual tiende más a la pachamama y a trabajar desde rituales. En cambio yo hago un trabajo más urbanita y lo hago a través de una visión y práctica feminista crítica y ecléctica.

¿Cómo te llevas con los profesionales de la medicina?, ¿te odian o te quieren?

Muy bien, no tengo nada contra la ciencia, trabajo con ginecólogas que tienen curiosidad y se interesan por saber esto. En los profesionales de la salud hay de todo, hay algunos que son para darles una ostia y otros que son profesionales increíbles. Mi punto de vista es el de una pedagoga.

¿Crees que el desconocimiento de estas fases es el que le provoca a la mujer conflictos y que vaya entonces a un psicólogo o psiquiatra?

En pensar “estoy loca”, sí, no conozco a mujer que no haya pensado esto alguna vez. La posibilidad de suicidio aumenta cuando a una niña le baja la regla.

¿Es la cultura occidental la peor? ¿Hay otras que lo llevan mejor?

La cultura occidental no lo lleva tan bien como me gustaría. En la cultura árabe, de la que pensamos que este tema sería más delicado, es completamente diferente. La educación que reciben las mujeres árabes suele ser en el haman, en él se educan con sus madres y sus abuelas y se suelen ver desnudas. No hay el pudor que aquí existe, que hasta en el gimnasio van tapadas. Ellas tienen un mayor conocimiento o lo llevan con una mejor desinhibición. En culturas amazónicas e indígenas norteamericanas se instalaba la “tienda roja”. Donde todas las mujeres por cuestiones de la luna iban a menstruar ahí, se hacían masajes, se daban baños, comían, y se la pasaban durmiendo que es lo que más ganas tienes cuando tienes la regla. Esto lo explica muy bien el libro de Anita Diamant, La tienda roja.

Hablando de las mujeres juntas en un mismo espacio, ¿por qué crees que las mujeres no se masturban juntas como los hombres? 

Las niñas no hablan del tema de masturbarse, no se hace. Existen muchas mujeres de 30 años que no se han masturbado nunca, porque el cuerpo de la mujer nunca ha sido suyo. El papel de la mujer siempre ha sido el de ser madre y ser esposa. Su cuerpo no nos pertenece. Muchas mujeres de mi edad y más jovencitas tienen conflictos al ponerse un tampón por miedo a que se les pierda dentro. O con la copa menstrual que tienes que hurgar más adentro, te das cuenta que tu cuerpo no es tuyo y eso que veinte hombres más ya te han metido los dedos. Normalmente desde la cadera o la cintura para abajo esa parte de tu cuerpo que no la sientes tuya.

Las mujeres no pueden ni nombrarlo. Te preguntas: Si tu madre se masturba, ¿es una depravada? La madre existe como símbolo de sacrificio, no existe la madre arpía, porque a la madre que ha hecho lo que le da la gana, la tachan como la puta del pueblo.

Si la madre no cambia, la hija tampoco lo hará. 

Exacto, y además, una no enseña de palabra, sino de acto.

¿Usas compresas o tampones?

Compresas lavables y la copa menstrual. Iruka_2

Me cuentan que Erika es encantadora, inteligente y de sonrisa fácil. Quizás nunca imaginó que cuando yo escuchase esta entrevista iba a tener unas buenas consultas con la almohada y entonces preguntarme si en verdad mi cuerpo me pertenecía o no.

Para más información: elcaminorubi.com, canal de youtube, vimeo, el blog, el libro

Texto: Carolina Hernández

Fotos: Ismael Llopis

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